jueves, 28 de mayo de 2009

El BIcho



El estar de cara al público te da grandes satisfacciones, como la de conocer al grupo de música "El Bicho",
que pasaron por nuestra casa el viernes 22 de mayo.





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lunes, 25 de mayo de 2009

Relatos: LAURA

Tenemos el placer de presentaros otro de nuestros relatos: Laura
Muchas gracias por participar, y enhorabuena por el resultado.

Laura

“Laura” – Fueron mis palabras tras despertar de ese sueño plácido que había elegido como se elige el color de la pared de una suite recién estrenada.

No sabía donde me encontraba y desconocía la utilidad de esa máquina a la que estaba conectado, pero reconocía las caras de aquellos que se hacían llamar familia que me miraban con una especie de indulgente compasión. De repente, todo era verde, pero no era el verde del terciopelo de las suntuosas cortinas del hall sino un tono lúgubre que me traía de vuelta a la realidad más prosaica, al espeso trago de la rutina más ensordecedora. Fue mi cuñada la que entre sollozos me contó que una camarera había encontrado mi cuerpo en la bañera de la habitación 212 del Hotel Amor, sumido en la hipnosis ocasionada por la química en exceso. Entonces entendí que seguía atrapado.

Me presento. Me llamo Carlos, tengo cincuenta años y soy lo que la sociedad actual considera un hombre de éxito. Director de marketing de una discográfica, con un elevado nivel de vida que nunca me molesté en disimular. Viudo, sin hijos. Soy un maduro atractivo, me dicen ellas y hay varias “ellas” en mi vida. Llevo una vida de vértigo, dominada por una apretada agenda, un teléfono que no para de sonar y cifras que dependen en gran medida de mi capacidad de resistencia. El año pasado me dio un infarto, el estrés es algo tan mío como mi grupo sanguíneo.

Una foto olvidada fue la que desencadenó los acontecimientos. En la vieja instantánea amarillenta, atrapada en el fondo de un cajón y encontrada por casualidad, aparecíamos Laura y yo hace veinte años, en la misma bañera de espuma en la que encontraron lo que quedaba de mí, felices, ausentes de todo lo que habría de llegar. Era en el hotel donde pasamos nuestra luna de miel brindando por nuestro amor.

- Carlos, estás loco. No te puedes ir ahora, estamos a tope de trabajo – me ruge desde el otro lado del auricular uno de los jefes de producción

Salí dando un portazo y me dirigí a casa para agarrar un par de mudas, el cepillo de dientes y las pastillas para dormir. Me sentía libre, irresponsable por primera vez en mucho tiempo. Cogí el primer tren y al día siguiente, muy temprano, llegué al destino de mis sueños. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí, casi nada había cambiado en aquel pueblecito en mitad de la sierra. Huí de mi vida, huí de mí. Llegué a la recepción y aspiré hondo. Me reencontré con todo lo que fui, de forma abrupta, sin escala previa… Afloraron de nuevo los recuerdos.

Es entonces cuando vislumbré nuestros primeros besos, a escondidas. Cerré los ojos y casi pude sentir aún su boca temblorosa entreabierta, paladeé la inocencia, me deleité en ella como el que saborea un manjar exquisito y olvidado. Todo aquello fue breve pero muy dulce, como han de ser los placeres…Me tumbé en la bañera. El agua me llamaba desde lo más hondo. Laura me invitaba a escapar de todo. Esperé al sueño.…

Ayer me dieron de alta en el hospital y esta mañana he vuelto al trabajo. Papeles que se acumulan sobre la mesa, el teléfono incesante y la secretaria de turno cacareándome sin parar. Abro el cajón y miro la foto: Laura y yo: la vida y yo. Y entonces lo entiendo. Salgo de la oficina sin dar ninguna explicación, tiro mi teléfono móvil en el primer contenedor que encuentro a mi paso; me dirijo a la estación, excitado, valiente: tengo una cita con la vida en el Hotel Amor.

Marian Jiménez Marín
Jaen

domingo, 17 de mayo de 2009

1er Concurso de Relatos Hotel Villava: La Señora Chong

A continuación presentamos a la La Señora Chong,
Agradecer a Ibán Manzano Prieto su participación!

Disfruten con la lectura.


Era justo aquella habitación. No demasiado distinta del resto, con apenas un par de diferencias: el desconchado al lado del enchufe del teléfono, la mano de pintura caída tras la mesilla, el armario roído por los bajos. Además del número de la habitación levemente ladeado, como una sugerente invitación a entrar. El 9 dado la vuelta, una inversión peligrosa. Algunas cosas habían cambiado, por supuesto, aunque sólo le llamó la atención una, aquel almizcle de humedad y lavanda (lo primero antes de acomodarse era siempre el pulverizador) había desaparecido. No en vano habían pasado más 12 años desde que ella se marchara, aunque tuvo una certeza, no le debía haber sido fácil al tiempo, ni tampoco a las limpiadoras, arrebatarle aquel aroma a la habitación.

Nadie entendía por los alrededores lo que podía llevar a una mujer como aquella a regresar cada año, pero acabaron por dejar de preguntárselo. La Señora Chong formaba parte ya de la fauna local, una nota de exotismo que por abril llegaba en el tren desde muy lejano para inaugurar la primavera. De ella se contaban muchas cosas, que era de Shangai, que su marido murió en la guerra, que en su país cosía para la aristocracia, que de pena había empezado a recorrer Europa, que con uñas y dientes se había aferrado al negocio marital, que en la posguerra las pasó canutas, pero que las revueltas populares fueron peores, que había empezado un nuevo mercado de la seda por allí, que era como un fantasma y que había encontrado en ese lado del mundo un motivo para seguir trabajando y, al menos, 2 o 3 protectores que la mantenían a gastos completos. Ella nunca dijo nada. Aparecía cada año en el umbral del hotel, acompañada por dos jóvenes aprendices que dormían en la habitación contigua y que no podían rivalizar con su severa belleza, curtida por los años y las penas. Siempre enguantada en algún traje de fantasía, con su moño rígidamente dispuesto, el maquillaje blanco, excesivo para el gusto autóctono, y 24 horas después de que sus maletas, llenas de motivos orientales y forradas con seda, la anunciaran.

Yo fui siempre ajeno a su revolución. Demasiado pequeño como para apreciar su serena perfección, tan sólo sus ojos negros, inclementes, lograban provocarme. Desde los 9 años fui el encargado de subirle temporada tras temporada el equipaje. También de desempaquetarlo. No había nada parecido a aquellas telas por allí, dudo incluso que lo haya hoy. Colocaba con esmero en los armarios las gasas vaporosas, los vestidos sedosos, la lencería de encaje, las batas afraneladas. Era un carrusel de colores, una noria del tacto. Pasar la mano por sus superficies era pura sinestesia, como acariciar sentimientos. Confeccionaba sus trajes a mano, aunque más bien era el corazón lo que se dejaba en cada costura.

A los 13 años, mi opinión sobre ella cambió radicalmente. Mi madre le pidió un favor. Sabía que sus trajes estaban fuera de nuestro alcance, que no merecíamos tanto, pero mi hermana, a punto de entrar a la mayoría de edad, asistiría a la fiesta y no sabía si era posible conseguir uno acorde a nuestras necesidades. La Señora Chong no sólo se negó a confeccionar un vestido de peor calidad, sino que se comprometió a cosernos uno en exclusiva. Es más, nos lo regalaría. Mi madre no dejó de agradecérselo. Cada día, a primera hora de la tarde, me enviaba a preguntarle a la Señora Chong si necesitaba algo, a ofrecerle un par de dulces. Aquellas pausas debían interrumpirla en su trabajo, pero nunca se quejó, incluso me saludaba con esa dura sonrisa suya que hacía largo tiempo ya que había dejado de ser alegre.

Cuando mi hermana cumplió los 18, mi madre preparó varias tartas, algunas para los huéspedes. A la comida de aquel día, cosas rara, sólo asistieron las dos aprendices de la Señora Chong. Mi madre me mandó subir a su habitación para ofrecerle un poco de pastel. Llegué antes de la hora habitual. Esta vez la puerta estaba entreabierta. Nat King Cole escapaba desde el fondo, Y así pasan los días, y yo desesperado... La radio se confundía con un ruido brumoso, esquivo, indescifrable para mí. Llamé. Nadie contestó. Volví a llamar. Nada de nuevo. Empecé a retirarme, pero aquel ruido impreciso me hechizó. Abrí la puerta.

La habitación estaba en penumbras, con las persianas bajadas, apenas un poco de luz escapando por un resquicio. Era un lugar totalmente distinto a lo que yo conocía: el aire espeso, las maletas arrojadas a un rincón, la ropa revuelta por la cama totalmente deshecha y un aroma más contaminado que cargado. Sobre el fondo, completamente desnuda, sentada en una silla, la Señora Chong lloraba, silueteada sobre el fondo. Me volví asustado. Empecé a correr, pero fui demasiado torpe, tropecé con una maleta. Sus ojos se sobresaltaron. Me descubrió al lado de la cama. Apagó el cigarrillo que tenía entre las manos y avanzó hacía mí. Noté que me costaba respirar.

-No te asustes- me dijo con aquella rara cadencia con la que pronunciaba el español.

Se paró tan cerca que su respiración me golpeaba. Desde allí apreciaba sus ojos vidriosos, pero también algo que no esperaba: su piel estaba repleta de cicatrices, surcándola en todas las direcciones.

-Nunca has visto a una mujer desnuda, ¿verdad? –colocó mi mano con suavidad sobre su mejilla. Notó mi sobresalto –Tampoco a una mujer llorando.

Noté que temblaba, pero ella sujetó mi mano con firmeza. Y empezó a pasarla por su cuerpo. No había nada carnal en ello, tan sólo dejó que la reconociera, que la sintiera. Cuando se detuvo, añadió:

-Las mujeres lloramos, ¿lo sabías? Lloramos mucho, a veces demasiado –liberó mi mano- Por eso se cosen vestidos, vestidos tan bonitos para que nadie se fije jamás en lo tristes que estamos.

Aquella última frase se fundió con un nuevo llanto, tan inesperado que me asustó. Nuevamente corrí, sólo que esta vez sí alcancé a salir de la habitación. No volví la vista atrás, lo último que recuerdo fue como se mezclaba el Y así pasan los días… con su quejumbroso sonido.

Nunca más vi a la Señora Chong. A la mañana siguiente recogió y se marchó por sorpresa, siempre flanqueada por sus dos ayudantes. No se la volvió a ver por allí. Se habló mucho sobre su paradero. Hay quién creía haberla visto en algún lugar cercano o quién afirmaba que había regresado a su patria. Por mi parte, da igual todo lo que cuente, hoy, 12 años después, todavía me persigue su franqueza, incluso me cuesta comprender el alcance de su revelación, pese a su inequívoca claridad. Al menos ahora sé que por más que desnude a una mujer jamás podré llegar a conocer la verdadera razón que oculta su tristeza.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Concurso de relatos: El fantasma del hospedaje San Marcos

A continuación os mostramos un relato que nos gustó muchísimo, muy original! Enhorabuena!!!!!

El fantasma del hospedaje San Marcos


Un viajero de comercio, circulaba con su camioneta, rumbo al pueblito más cercano. Sin darse cuenta lo sorprende la noche, y desea encontrar un lugar donde alojarse. A lo lejos puede divisar una vieja casona iluminada, con un pequeño letrero en su fachada que dice “Hospedaje San Marcos”. Estaciona muy cerca de su entrada principal, ingresa y pregunta si tienen una habitación libre. Su propietario un simpático obeso de bigotes espesos, le responde que solamente queda una, bautizada “La Bataraza”. Antes de irse a su cuarto, come algo liviano, solicitando una botella de agua mineral, que llevará a la habitación. El cuarto es cómodo, muebles de estilo rústico, sábanas limpias y almidonadas, con un ramo de flores amarillas sobre su cómoda. Revisa sus apuntes del día, y apaga la luz.
Casi enseguida, escucha algunos ruidos sospechosos, prende la luz y nada. Han pasado algunos minutos cuanto escucha aleteos y cacareos de gallinas, dándole la sensación que estaban muy cerca. Vuelve a prender la luz, y todo aquello que parecía un verdadero infierno, había desaparecido, encontrándose toda la habitación en perfecto orden. Nuevamente apaga la luz, comenzando nuevamente la misma historia.
Se viste y va en busca del propietario. “Mire señor” le dice el viajero, “no se que pasa en mi habitación pero cuando apago la luz, escucho aleteos y cacareos de gallinas, y con ese ruido es imposible dormir”
El propietario del hospedaje se acomoda los bigotes, se soba las manos, y le dice –“Sabe lo que pasa amigo, que posiblemente tienen hambre, lleve un tarrito con granos de maíz, que se van a calmar”.
El viajero no podía creer lo que escuchaba, y le vuelve a repetir “Pero señor le digo que escucho ruidos, que al prender la luz desaparecen”
El señor obeso, le trae un tarrito con granos de maíz, se los entrega, retirándose nuevamente a dormir.
Tengo necesidad de descansar, pensaba el viajero, trataré de intentar lo que me dice este señor. Apaga la luz, y comienza el calvario. Ya con la luz prendida nuevamente, saca el tarrito de granos de maíz, que tenía bajo la cama, y lo deposita sobre la mesita de noche.
Sorpresa fue para el viajante, que al apagar la luz, no se oyeron más los ruidos molestos.-
El cansancio del viaje, más las sorpresas vividas, duerme toda la noche, sin despertar. A la mañana lo primero que hace es fijarse en el tarrito. No podía creer lo que veía. Ni un grano quedaba en el fondo.
Le comenta al propietario lo acontecido y le responde – “Mire amigo, ni Ud. escuchó gallinas, ni yo le di granos de maíz”.
Fue tan grande su angustia que decide pagar la cuenta, y continuar el viaje.
Cuando llega a la próxima estación de servicios, encuentra un compañero de viajes, y decide contarle lo sucedido. Su amigo lo escucha atentamente, para luego decirle: “Mira, yo también tuve una experiencia muy parecida a la tuya, con la diferencia que cuando apagaba la luz, cantaba un gallo”
Llamé a su propietario, un obeso de bigotes espesos, que me dijo: “Canta por que extraña a su pareja, la gallinita bataraza”. Saca del interior del mostrador una gallina, me la entrega, diciéndome que debo ubicarla sobre la mesita de noche. Realmente todo me parecía extraño, pero esa noche hice lo que me indicó. Sorpresa igual a la tuya, el gallo no cantó más, y al otro día la gallina no estaba en el cuarto.
El empleado de la estación escuchaba a estos dos amigos. “Perdón señores, Uds. estarán hablando del “Hospedaje San Marcos”. “Ese hospedaje fue famoso en la zona, pero hace varios años que está cerrado”. ¿Cómo que esta cerrado? preguntaron los viajeros. El empleado continúa: “Su dueño, era Don Juan, un obeso de bigotes espesos, que murió comiendo un pollo, y su familia lo sepultó en el patio de esa vivienda” “Desde esa fecha, permanece cerrado”.
Todo era demasiado fuerte para estos dos amigos, que deciden tomar un trago, en un pequeño barcito cruzando la carretera. Se sientan a una mesa, y escuchan una voz que les dice: “Que se van a servir señores”, se dan vuelta, y vaya sorpresa, ahí estaba Juan el obeso de los bigotes espesos.
A partir de ese día pensaron que: “No todo lo que vieran sería realidad, ni todo lo que le cuenten sería mentira”



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Mario Santellan D'Andrea
Uruguay

viernes, 1 de mayo de 2009

Campeonato de España Ajedrez

Tenemos el honor de celebrar durante toda la semana
el Campeonato de España de autonomías de Ajedrez




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martes, 21 de abril de 2009

Concurso de relatos: El mendigo


Y, en tercer lugar está: El medigo, de Teresa Buzo Salas.
Enhorabuena.


El mendigo
El único símbolo de superioridad que conozco es la bondad.
Ludwig van Beethoven



Hace unos años ocurrió un hecho inusual en un coqueto hotelito del norte de la región. Eran las dos de la mañana de una fría madrugada de Febrero. Todos y cada uno de los huéspedes estaban acomodados en sus respectivas habitaciones. Reinaba un sepulcral silencio en toda la planta hotelera, y tanto los elegantes salones como los largos pasillos permanecían iluminados por tenues focos de luz ambarina. A esas horas las estancias cobraban un matiz diferente, y las tonalidades de los muebles, cuadros y alfombras se diluían bajo las espesas sombras del crepúsculo. En ese intervalo de tiempo Juan, el recepcionista del turno de noche se agazapaba tras del mostrador para repasar meticulosamente el estadillo de cuentas.
De repente, en mitad de tal impasible quietud, una fuerte corriente de aire sacudió las contraventanas provocando un estrepitoso ruido. Juan se sobresaltó por aquellos inoportunos golpes, y algo ofuscado levantó la vista al frente. En mitad del vestíbulo y bajo la exquisita lámpara de araña un viejo mendigo de ojos cansados lo miraba sin parpadear. En esos instantes el veterano recepcionista se quedó sin habla, y tras unos segundos de silencio le preguntó con aire decidido en qué podía servirle. El anciano sin llegar a decir una sola palabra arrastró sus ajados zapatones hasta el mostrador. Sus mugrientos andrajos pendían por el suelo, y un raído sombrero de ala ancha ocultaba los rasgos faciales de tan peculiar visitante. El mendigo, con voz firme pero pausada pidió alojarse una noche en el hotel por caridad. Juan bajó la vista al ordenador para comprobar el estado de las habitaciones y se percató de que quedaban algunas libres. Su cabeza daba vueltas ya que no sabía qué hacer, y además comenzó a sentirse mareado por el nauseabundo hedor que desprendía aquel extraño personaje. Finalmente tomó la llave de la habitación cincuenta y cuatro, y con una sonrisa le dijo que era un grato honor tenerlo de invitado aquella noche, pero que hiciera el favor de marcharse sin decir nada a primera hora de la mañana.
Al día siguiente aquel encantador hotel volvía a recobrar su fresca vitalidad. Los grandes ventanales se mantenían abiertos de par en par, y a través de sus nobles rejas se colaban franjas cobrizas de sol. Todo era un bullicio de energía y hasta en el último rincón se podía escuchar el trajín de puertas, carritos repletos de maletas y el simpático canturreo de las camareras de piso.
Juan llegó al hotel diez minutos antes de su hora de entrada al igual que había hecho a lo largo de sus treinta años de oficio. Sin poder controlar un ligero temblor de labios le preguntó a la recepcionista del turno de tarde si había ocurrido algo inusual, pero para su tranquilidad le dijo que no había nada extraordinario que contar.
Una vez que el hotel dormía y la calma se posaba en cada centímetro de sus paredes, el buen hombre salía del mostrador para contemplar por unos instantes el magnífico cielo de Navarra. Bajo la violácea luz de la aurora observó una luna plomiza rodeada por una espesa aureola azul, por lo que vaticinó que aquella iba a ser una noche de abundantes lluvias. Al girar sus talones para regresar a su puesto se encontró de frente al mismo mendigo misterioso, y éste volvió a preguntarle si podía ofrecerle una habitación por caridad. El recepcionista completamente aturdido miró de nuevo el irisado firmamento y tras dudarlo por unos segundos le hizo entrega de la misma llave del día anterior.
Esta misma situación estuvo repitiéndose cada noche a lo largo de dos semanas, hasta que un buen día la gobernanta fue a hablar con el director. El motivo era que no comprendía el desajuste existente entre el parte de habitaciones de limpieza y el de huéspedes alojados.
El longevo director era además el propietario del hotel, y contaba con más de ochenta y cinco años a sus espaldas. Tanto su carácter serio y riguroso como su habilidad en los negocios lo habían convertido en uno de los administradores hoteleros de mayor envergadura a nivel nacional. Tras quedarse viudo optó por vivir en una de las suites, ya que argumentaba que aquellos muros fueron su primera propiedad y por tanto su único hogar. El director comenzó a entrevistar a cada uno de los empleados pero parecía que todo estaba en orden. El revuelo de rumores no se hizo esperar entre los trabajadores. Unos decían que todo se debía a una mala organización de cuadrantes, otros afirmaban que habría sido algún cliente travieso que cambió de habitación por su cuenta. Incluso se llegó a comentar que se trataba del espíritu de la difunta señora del director que vagaba errante por los pasillos en busca de su amado esposo. Entretanto Juan se mantenía callado al tiempo que rezaba para que aquel singular individuo no volviera a aparecer.
Aquella noche y por vez primera en treinta años decidió desatender sus funciones contables para salir a los soportales. El clima era bastante apacible y una capa calada por luceros plateados abrigaba aquella magistral bóveda celeste. Apoyado en el pórtico de la entrada vio a lo lejos una figura nebulosa que se acercaba con paso lento y lánguido. Su corazón comenzó a palpitar tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. A varios metros de distancia pudo percatarse de que se trataba del mendigo en cuestión. Una vez tuvo frente a él al harapiento personaje, éste le volvió a hacer la misma pregunta. El desdichado recepcionista sabía que alojarlo otra noche más suponía su inminente despido, pero por otro lado no soportaba verlo durmiendo en la calle. En aquel instante recordó sus comienzos cuando siendo tan sólo un chaval acarreaba maletas y recados de un lado a otro, después pasó a conserje y finalmente acabó de recepcionista nocturno. ¡Aquel hotel era toda su vida y su única familia! De repente se le ocurrió la brillante idea de darle a aquel extraño las llaves de su casa, pero justo en el momento de entregárselas el anciano se quitó el sombrero para mostrarle el rostro sonrosado de su director. El viejo y autoritario jefe le dedicó el más entusiasta de los abrazos, y después le dijo que había querido asegurarse de que el empleado más eficiente de su empresa era digno de su herencia. Ante la enorme sorpresa de Juan añadió que ya no tenía duda de que era merecedor de toda su fortuna.

jueves, 16 de abril de 2009

Concurso Relatos: Aquel Hotel

Y, en segundo puesto, está "Aquel Hotel" creado por Arantxa Ortiz Lopez
Muchas gracias!

AQUEL HOTEL

Nada más entrar en el medio derruido edificio sentí que el tiempo se había detenido; el agente me ayudó a subir las escaleras, y cuando abrió la puerta de la habitación, creí que iba a desmayarme; todo estaba igual que hace ¿Cuánto? ¿Setenta años?; los mismos muebles, las cortinas… la única huella del paso del tiempo se veía en el papel de la pared, que comenzaba a desprenderse. Setenta años, si, pero recordaba los hechos como si hubiesen sucedido ayer.
No había amanecido mientras esperábamos en la estación que olía a humo y carbón; estaba preocupada por mi madre, tenía mala cara, probablemente debido a las últimas noches en posadas de mala muerte y quizás también arrastraba el cansancio de los últimos meses; el frío y la humedad de la región donde vivíamos, se había instalado en mis pulmones negándose a abandonarlos; por eso estábamos allí. El doctor nos había aconsejado aire de mar y una vecina había sugerido el pequeño pueblo al que nos dirigíamos. Tan sólo unas horas nos separaban del descanso; una vez instaladas en nuestro compartimento, mi mente dejó de preocuparse para centrarse en el cambiante paisaje; atrás íbamos dejando núcleos industrializados y grises para encontrar el verde de la campiña; de vez en cuando echaba una mirada a mi madre, cuyo rostro trataba de disimular la jaqueca que le impedía disfrutar del trayecto. Era media mañana cuando llegamos al pequeño apeadero en el que un coche del hotel nos recogería; tuvimos que esperar más de media hora hasta que finalmente este llegó, conducido por un hombre uniformado a medias, y probablemente también educado así. Sin mediar palabra cargó nuestro equipaje en el auto y emprendimos el camino al hotel, atravesando el páramo y cruzando el pueblo a cuyas afueras nos hospedaríamos; no sé si la denominación de pueblo era la más correcta, ya que la villa en cuestión era bastante grande; desde el coche pude apreciar que tenía dos iglesias, una escuela muchas fuentes y una amplia y cuadrada plaza, de la que salían varias calles, algunas tan estrechas, que un auto no podría atravesarla; los edificios, todos altos de tres o cuatro pisos lucían impecables fachadas y cada calle estaba perfectamente adoquinada. Por doquier se veían puestos que ofrecían todo tipo de géneros, y docenas y docenas de personas llenaban cada rincón; a ambas nos sorprendió ver la cantidad de gente que había, pues teníamos el lugar por tranquilo, y fue el coger quien nos sacó de dudas; la siguiente semana se celebraría una feria de nivel nacional, que atraería gentes de todo el país; a diario habría conferencias, exposiciones, jornadas, bailes y hasta dos circos. Mi madre frunció el ceño ante la perspectiva, pero en cuanto dejamos atrás el núcleo y las empedradas calles dieron paso a los caminos, bordeados de casitas de una planta rodeadas de campos, ambas supimos que respiraríamos calma. El hotel apareció ante nuestros ojos en medio de un inmenso y cuidado jardín; el edificio era de estilo isabelino, tan de moda años atrás, pero éste no había caído en la decadencia de la mayoría, y se mostraba cuidado y esmerado; en el vestíbulo un hombre acudió a recibirnos, y tras inscribirnos en su voluminoso y gastado libro, nos recordó lo afortunadas que éramos al haber reservado con antelación; en pocos días, no se podría encontrar alojamiento en los alrededores debido a la feria. Dicho esto llamó a un muchacho y le instó a que subiese el equipaje hasta la habitación 201. La habitación era muy acogedora, amplia y luminosa; el empapelado de la pared, una alegoría primaveral llena de rosas en tonos amarillos y verdes acentuaba la claridad; entre las dos camas vestidas con colchas color menta había una mesilla; un armario sencillo, una cómoda y dos sillas completaban el mobiliario; despedí al mozo, y ayudé a mi madre a acostarse; había empeorado y una siesta tal vez la animase. Para no molestar, fui al vestíbulo, donde al llegar había visto unos sofás y varias publicaciones recientes; allí, el conserje que nos había atendido se percató de mi presencia y entabló conversación; hablamos del pesado viaje, de las obligadas paradas y del malestar de mi madre. Dicho esto, el hombre cortó abruptamente la conversación y se retiró a su puesto de trabajo, tras el mostrador; poco después, mientras subía a ver a mi madre, pude verlo concentrado leyendo atentamente una noticia en prensa, tanto que no se percató de mi ausencia; mientras me hallaba abajo mi madre había empeorado; su frente estaba perlada de sudor y había vomitado dos veces; desoyendo su súplica, corrí abajo para pedir ayuda al conserje. El hombre seguía leyendo con rostro preocupado, y su mirada no se apartó de mi rostro mientras le pedía que llamase a un médico. Tras una vacilación, lamentó no poder hacerlo; el hotel no tenía teléfono; creí recordar que la señora…, en su recomendación nos había dicho que contaban con el moderno aparato, pero mi mente no se paró a reflexionar; sugerí entonces que el cochero fuese en busca de un doctor; de nuevo esto era imposible, pues el cochero había salido a cumplir varios encargos y tardaría bastante en regresar; desesperada traté de pensar otra alternativa, y esta llegó de boca del conserje. Yo misma podría ir hasta el pueblo en busca de un doctor que él conocía y dicho esto apuntó las señas en un papel.
Una hora después me hallaba en la plaza del pueblo, inusualmente vacía, debido quizás a que era mediodía y el sol estaba alto. Tras leer las confusas instrucciones tomé una calleja que me llevaría a la casa del doctor, pero no tuve que andar mucho para darme cuenta de que no iba bien; la calle era estrecha y oscura, mal adoquinada y carente de alcantarillado; un líquido oscuro y maloliente se acumulaba por tramos, salpicando mi falda. Sin duda la calle llevaba al extrarradio, donde dudaba que viviese el doctor. Di la vuelta y de nuevo en la plaza erré dos veces hasta dar con la calle correcta. Tuve que llamar dos veces antes de que una mujer me abriese la puerta; poco después un hombre con prisa y un maletín salió y dijo no poder ayudarme; tenía otra urgencia y estaba esperando un coche. Después de suplicar optó por escucharme, y quitó hierro al asunto, asegurando que padecía gripe intestinal; de paso añadió que ningún otro doctor podría visitarla, ya que se hallaban fuera, preparando una conferencia para la feria; para calmarme entró a la casa a preparar la receta de un tónico que mejoraría los síntomas, y me lo entregó junto a la dirección de una botica a la que ya había telefoneado; en cuanto llegase, me darían el brebaje; Ya casi había dejado atrás la calle cuando volví la cabeza; curiosamente el hombre había desaparecido aunque su coche no había llegado. Me costó encontrar la botica. Siguiendo las notas erré seis veces antes de llegar a mi destino; por el camino dejé atrás varias farmacias, y pensé que el hombre podía haberme enviado a ellas, mucho más cercanas. Cuando llegué a la mía tras el mostrador había un maleducado chico que me informó de la ausencia del boticario; me costó mucho enviarlo en su busca, y cuando llegó lentamente se puso a preparar el brebaje, ante mi rabia y perplejidad; se suponía que debía tenerlo listo, pues el doctor lo había llamado hacía una hora. La rabia y disgusto aceleraron mi trayecto hacia el hotel, y el paso había afectado a mi aspecto; mi falda estaba muy sucia, los cabellos se me habían soltado y mi rostro estaba rojo y sudado; habían pasado cuatro horas desde que dejase el alojamiento, y al conserje le costó reconocerme a la vuelta, tanto que me preguntó lo que deseaba. Sin ceremonias pedí la llave del cuarto, y el hombre me miró fijamente; educadamente me dijo que antes de pasar a las habitaciones había que registrarse; fui más precisa y le di el número de habitación, a lo que él repitió lo mismo; sorprendida, le dije quien era, y que por fin había regresado. El hombre dijo que me equivocaba; yo nunca había estado allí, y tampoco mi madre; le dije que aunque mi aspecto había variado era la misma con la que había hablado horas antes, pero insistió en no conocerme. Desesperada vi al mozo y lo llamé; tras mirarme negó con la cabeza. Llegué a la comisaría al oscurecer y dos hombres escucharon mi absurda historia; incrédulos me acompañaron de nuevo al hotel, donde el mismo conserje narró su versión. Un agente pidió ver el libro de registros y según éste que yo misma había firmado esa mañana, la 201 estaba ocupada por una familia. Un policía pidió la llave y junto con el conserje subimos hasta la puerta; antes de abrir, el conserje me pidió que describiese el cuarto, lo que hice con detalle: colchas color menta, visillos amarillos, armario sencillo y papel floral. Al abrir tres camas vestidas de azul nos dieron la bienvenida frente a un pesado armario; mientras lloraba impotente, las paredes que mostraban un cielo azul comenzaron a desdibujarse; desperté en el hospital, posiblemente un día después del suceso. Uno de los agentes acudió a verme, y le supliqué que buscase al doctor y al boticario; ellos confirmarían mi historia; mientras esperaba por ellos, traté de convencerme de que no estaba loca; lamentaba no tener familia o amigos cercanos que confirmasen este hecho. A media tarde el agente regresó; tras él entró el doctor, pero lejos de apoyarme, me trató como a una niña; aceptó mi historia, y habló en susurros con el policía.
Pasé once años en un centro “recuperando al memoria”. Nadie vino a buscarme en esos años en los que más que recordar, olvidé quien era. Días atrás un joven policía llamó a mi puerta; las obras en el viejo hotel habían sacado a la luz unos restos humanos en el jardín. Al registrar viejos papeles, hallaron mi denuncia. Ahora en el hotel de nuevo veo la capa de papel desprendida de la pared; bajo el estampado de cielo, unas rosas amarillas asoman, testificando mi presencia más de setenta años atrás. El policía que me acompaña ha investigado y cree saber que ocurrió. En el periodo en que mi madre y yo iniciamos el viaje, se desataron varios focos de peste en diferentes puntos del país, siendo uno de los puntos de peligro la población de…, donde mi madre y yo pasamos dos noches antes de llegar al hotel. Las noticias no corrían entonces como ahora, y no estábamos enteradas de la pequeña epidemia; cuando llegamos a nuestro punto de destino, días después, la prensa ya se había hecho eco de la pandemia, aunque restándole importancia al asunto para evitar la alarma social, pero de todas formas, el conserje que nos atendía, estaba al tanto. Mi conversación con él sobre el malestar de mi madre, y la narración de nuestro previo itinerario de viaje, desató su alarma. La feria no sólo era el acontecimiento del año, sino que engordaría su economía en un mil por mil; si las cosas salían como preveía, tendría el hotel lleno durante todo el evento. Era el peor momento para que se declarase una epidemia en la ciudad. Como último que quería era que las Autoridades Sanitarias le cerrasen el hotel y clausurasen la feria, preparó su plan con frialdad. Mi madre no podía ser visitada por un médico normal, ya que daría la alarma en caso de estar infectada de peste, pero le pidió un favor a su amigo el doctor al que finalmente me envió, a cambio, se supone que de una buena suma de dinero. El hombre aceptó, ya que ni siquiera debía reconocer a mi madre; se limitaría a recetar un inocuo tónico, que nada haría en la enferma, ni para bien ni para mal y a hacerme perder tiempo, el suficiente para que la enfermedad de mi madre evolucionase en un sentido u otro. Certificar después mi locura no fue una mentira evidente, dado mi estado de ansiedad de aquellos días. El boticario, advertido por el doctor, también ayudó a que me retrasase, y así el conserje y el botones tuvieron tiempo de arreglar las cosas. Una vez que mi madre falleció (realmente había contraído la enfermedad, quizás debido a su debilitado estado en los últimos días) se deshicieron del cuerpo, y en un par de horas cambiaron la habitación, moviendo los muebles de un cuarto a otro, y empapelando las paredes de manera superficial. Modificar el libro de registro fue fácil; el hombre contaba con dos libros, uno para sí y otro para utilizar de cara a los pagos de impuestos; simplemente modificó uno de ellos, reflejando la ocupación de otra familia en mi habitación. El joven muchacho recomienda que abandonemos el edificio, y suavemente tira de mi brazo, haciéndome salir de la habitación, una habitación que durante años llegó a invadir mis sueños, haciendo que me preguntase si alguna vez, realmente había estado allí. Finalmente, tengo la respuesta.

Arantxa Ortiz Lopez
Gijon