A continuación damos paso a un relato de Jesús Fornis, muchisimas gracias!!!
HOTEL AMANECER FELIZ
–Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?
–Hola, tenía una reserva para la habitación “Mi mujer me ha dejado y necesito recuperar la ilusión por vivir”. Mi nombre es Ismael Martín.
–Sí, aquí está. Pagó usted por adelantado. Una noche, ¿verdad?
–Sí, así es.
–Muy bien, enseguida le acompañarán a su habitación.
El recepcionista pulsó un timbre. Instantes después, un botones de rostro imberbe y pecoso apareció de la nada.
–Rodri –dijo el recepcionista–, acompaña al Sr. Martín a la habitación “Mi mujer me ha dejado y necesito recuperar la ilusión por vivir”, y avisa a su animador personal, por favor.
El botones asintió. Cogió la llave y la maleta, y se dirigió a las escaleras. Cuando llegaron a la habitación, el joven abrió la puerta y puso la palma de su mano hacia arriba. El Sr. Martín se la estrechó y entró cerrando la puerta tras de sí.
Aparentemente la habitación no tenía nada especial. Su decoración consistía solamente en una cama de matrimonio, un pequeño escritorio y dos bodegones clásicos. Lo único que rompía aquella austeridad era una televisión de plasma de 40’’. El Sr. Martín se sentó en el borde de la cama y la encendió.
Media hora más tarde alguien llamó a la puerta. El huésped abrió y se encontró con un joven caribeño que estaba bailando salsa sobre la moqueta del pasillo.
–¡Hola compañero! Mi nombre es Nelson, bienvenido al hotel Amanecer Feliz. Yo seré su animador personal las próximas horas. Me encargaré de traer de nuevo la ilusión y la alegría a su vida. ¿Cómo se encuentra?
–Mal, me quiero morir.
–Eso no es problema con Nelson. Nelson se lo soluciona. Ya verá que bien se despierta mañana. Pensará que todo ha sido una pesadilla. Pero siéntese, siéntese, y prepárese para disfrutar.
El animador hizo un gesto con la mano y por la puerta entró un hombre disfrazado de James Brown. Le seguía un grupo de músicos.
–I feel good –comenzó a cantar– ohhhh I feel good
El hombre movía espasmódicamente la cadera mientras cambiaba el micro de mano una y otra vez. Nelson continuaba con su ritmo caribeño y el Sr. Martín seguía, boquiabierto, el espectáculo.
Cuando terminó la canción, Nelson se acercó hasta el huésped.
–¿Mucho mejor, verdad?
–Esa era la canción favorita de mi mujer.
Nelson hizo un gesto y James Brown salió de la habitación. Entró, en su lugar, un hombre disfrazado de Elvis.
–¿No irán a cantarme “You were always in my mind”, verdad?
Nelson hizo un nuevo gesto y Elvis desapareció.
–Volveré –dijo el animador, y salió de la habitación llevándose al grupo de músicos.
No habían transcurrido dos horas cuando volvieron a llamar a la puerta. Nelson entró, esta vez, transportando un carrito de comida. Fue levantando una a una las campanas que cubrían los platos.
–Centollo, nécoras, cigalas, vieiras y almejas. ¡Una estupenda mariscada para que olvide usted sus penas!
Los ojos del Sr. Martín se llenaron de lágrimas.
–Fuimos a Galicia en nuestra luna de miel. A ella le encantaba el marisco.
El animador volvió a tapar los platos y se marchó sin mediar palabra.
Llegó la noche. El Sr. Martín consultaba la programación televisiva cuando Nelson entró nuevamente en la habitación, esta vez sin llamar.
–Relájese, siéntese y disfrute. Esto si que le levantará el ánimo, amigo mío.
Tras él pasaron dos mujeres exuberantes. Una rubia y de pelo largo, vestida de policía y otra alta y pelirroja, disfrazada de enfermera. Nelson encendió un equipo musical portátil y las mujeres empezaron a desnudarse al ritmo de “You can leave your hat on”.
Primero, y sin dejar de bailar, se quitaron los trajes. Después, la lencería fina. Una vez desnudas, dedicaron un último contoneo sensual al Sr. Martín, quien no perdía detalle de sus movimientos. Nelson apagó la música.
–¿Y bien? –preguntó– ¿Mucho mejor, no?
Al Sr. Martín le empezó a temblar la barbilla, se le enrojecieron los ojos y le brotaron las lágrimas.
–La rubia es igualita a mi mujer, y la pelirroja me recuerda a su hermana –gritó entre sollozos.
Nelson tendió dos albornoces a las mujeres y un pañuelo al huésped.
–No llore, hombre, no llore.
El Sr. Martin se incorporó de la cama de un salto.
–Ya está. Voy a acabar con todo –dijo–.
En tres zancadas se plantó en la puerta de la terraza y la abrió con determinación.
–¡Noooo! –gritaron Nelson y las chicas.
Lograron agarrarle a tiempo e impedir que saltara al vacío.
–¡Déjenme! –gritó– voy a poner fin a este sufrimiento.
–¡No lo haga, por favor, no lo haga! ¿Qué es lo que quiere? –gritó el animador– ¿qué es lo que quiere?
El Sr.Martín se giró y con gesto sobrio y sereno dijo:
–El reembolso del coste de la habitación más una indemnización de seis mil euros, por el daño moral irreparable causado.
Nelson soltó al huésped y respondió:
–Hablaré con el gerente.
A la mañana siguiente Ismael Martín abandonó el hotel con un cheque en la mano. Un deportivo gris le esperaba en la puerta. Una mujer rubia ocupa el asiento del conductor.
–¿Sabes, cariño? –dijo al subirse– la chica de ayer era idéntica a ti, pero igualita.
La mujer sonrió y pisó el acelerador.
Jesús Fornis Vaquero
Madrid
viernes, 5 de junio de 2009
jueves, 4 de junio de 2009
Primer Concurso de Relatos Hotel Villava
Agradezco a todos el apoyo que nos estais dando en esta convocatoria, casi seguro que repitamos, porque ha sido todo un placer.
Se han presentado 32 relatos, casi todos de España (de todos los sitios!) y también nos han llegado de Bolivia, Argentina... todo un lujo; sí, estamos muy contentos de la participación, y de que dejéis vuestros opiniones sobre los relatos. Muchas gracias!!y que sean muchas más!!
Hotel Villava
Se han presentado 32 relatos, casi todos de España (de todos los sitios!) y también nos han llegado de Bolivia, Argentina... todo un lujo; sí, estamos muy contentos de la participación, y de que dejéis vuestros opiniones sobre los relatos. Muchas gracias!!y que sean muchas más!!
Hotel Villava
jueves, 28 de mayo de 2009
lunes, 25 de mayo de 2009
Relatos: LAURA
Tenemos el placer de presentaros otro de nuestros relatos: Laura
Muchas gracias por participar, y enhorabuena por el resultado.
Laura
“Laura” – Fueron mis palabras tras despertar de ese sueño plácido que había elegido como se elige el color de la pared de una suite recién estrenada.
No sabía donde me encontraba y desconocía la utilidad de esa máquina a la que estaba conectado, pero reconocía las caras de aquellos que se hacían llamar familia que me miraban con una especie de indulgente compasión. De repente, todo era verde, pero no era el verde del terciopelo de las suntuosas cortinas del hall sino un tono lúgubre que me traía de vuelta a la realidad más prosaica, al espeso trago de la rutina más ensordecedora. Fue mi cuñada la que entre sollozos me contó que una camarera había encontrado mi cuerpo en la bañera de la habitación 212 del Hotel Amor, sumido en la hipnosis ocasionada por la química en exceso. Entonces entendí que seguía atrapado.
Me presento. Me llamo Carlos, tengo cincuenta años y soy lo que la sociedad actual considera un hombre de éxito. Director de marketing de una discográfica, con un elevado nivel de vida que nunca me molesté en disimular. Viudo, sin hijos. Soy un maduro atractivo, me dicen ellas y hay varias “ellas” en mi vida. Llevo una vida de vértigo, dominada por una apretada agenda, un teléfono que no para de sonar y cifras que dependen en gran medida de mi capacidad de resistencia. El año pasado me dio un infarto, el estrés es algo tan mío como mi grupo sanguíneo.
Una foto olvidada fue la que desencadenó los acontecimientos. En la vieja instantánea amarillenta, atrapada en el fondo de un cajón y encontrada por casualidad, aparecíamos Laura y yo hace veinte años, en la misma bañera de espuma en la que encontraron lo que quedaba de mí, felices, ausentes de todo lo que habría de llegar. Era en el hotel donde pasamos nuestra luna de miel brindando por nuestro amor.
- Carlos, estás loco. No te puedes ir ahora, estamos a tope de trabajo – me ruge desde el otro lado del auricular uno de los jefes de producción
Salí dando un portazo y me dirigí a casa para agarrar un par de mudas, el cepillo de dientes y las pastillas para dormir. Me sentía libre, irresponsable por primera vez en mucho tiempo. Cogí el primer tren y al día siguiente, muy temprano, llegué al destino de mis sueños. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí, casi nada había cambiado en aquel pueblecito en mitad de la sierra. Huí de mi vida, huí de mí. Llegué a la recepción y aspiré hondo. Me reencontré con todo lo que fui, de forma abrupta, sin escala previa… Afloraron de nuevo los recuerdos.
Es entonces cuando vislumbré nuestros primeros besos, a escondidas. Cerré los ojos y casi pude sentir aún su boca temblorosa entreabierta, paladeé la inocencia, me deleité en ella como el que saborea un manjar exquisito y olvidado. Todo aquello fue breve pero muy dulce, como han de ser los placeres…Me tumbé en la bañera. El agua me llamaba desde lo más hondo. Laura me invitaba a escapar de todo. Esperé al sueño.…
Ayer me dieron de alta en el hospital y esta mañana he vuelto al trabajo. Papeles que se acumulan sobre la mesa, el teléfono incesante y la secretaria de turno cacareándome sin parar. Abro el cajón y miro la foto: Laura y yo: la vida y yo. Y entonces lo entiendo. Salgo de la oficina sin dar ninguna explicación, tiro mi teléfono móvil en el primer contenedor que encuentro a mi paso; me dirijo a la estación, excitado, valiente: tengo una cita con la vida en el Hotel Amor.
Marian Jiménez Marín
Jaen
Muchas gracias por participar, y enhorabuena por el resultado.
Laura
“Laura” – Fueron mis palabras tras despertar de ese sueño plácido que había elegido como se elige el color de la pared de una suite recién estrenada.
No sabía donde me encontraba y desconocía la utilidad de esa máquina a la que estaba conectado, pero reconocía las caras de aquellos que se hacían llamar familia que me miraban con una especie de indulgente compasión. De repente, todo era verde, pero no era el verde del terciopelo de las suntuosas cortinas del hall sino un tono lúgubre que me traía de vuelta a la realidad más prosaica, al espeso trago de la rutina más ensordecedora. Fue mi cuñada la que entre sollozos me contó que una camarera había encontrado mi cuerpo en la bañera de la habitación 212 del Hotel Amor, sumido en la hipnosis ocasionada por la química en exceso. Entonces entendí que seguía atrapado.
Me presento. Me llamo Carlos, tengo cincuenta años y soy lo que la sociedad actual considera un hombre de éxito. Director de marketing de una discográfica, con un elevado nivel de vida que nunca me molesté en disimular. Viudo, sin hijos. Soy un maduro atractivo, me dicen ellas y hay varias “ellas” en mi vida. Llevo una vida de vértigo, dominada por una apretada agenda, un teléfono que no para de sonar y cifras que dependen en gran medida de mi capacidad de resistencia. El año pasado me dio un infarto, el estrés es algo tan mío como mi grupo sanguíneo.
Una foto olvidada fue la que desencadenó los acontecimientos. En la vieja instantánea amarillenta, atrapada en el fondo de un cajón y encontrada por casualidad, aparecíamos Laura y yo hace veinte años, en la misma bañera de espuma en la que encontraron lo que quedaba de mí, felices, ausentes de todo lo que habría de llegar. Era en el hotel donde pasamos nuestra luna de miel brindando por nuestro amor.
- Carlos, estás loco. No te puedes ir ahora, estamos a tope de trabajo – me ruge desde el otro lado del auricular uno de los jefes de producción
Salí dando un portazo y me dirigí a casa para agarrar un par de mudas, el cepillo de dientes y las pastillas para dormir. Me sentía libre, irresponsable por primera vez en mucho tiempo. Cogí el primer tren y al día siguiente, muy temprano, llegué al destino de mis sueños. Era como si el tiempo se hubiera detenido allí, casi nada había cambiado en aquel pueblecito en mitad de la sierra. Huí de mi vida, huí de mí. Llegué a la recepción y aspiré hondo. Me reencontré con todo lo que fui, de forma abrupta, sin escala previa… Afloraron de nuevo los recuerdos.
Es entonces cuando vislumbré nuestros primeros besos, a escondidas. Cerré los ojos y casi pude sentir aún su boca temblorosa entreabierta, paladeé la inocencia, me deleité en ella como el que saborea un manjar exquisito y olvidado. Todo aquello fue breve pero muy dulce, como han de ser los placeres…Me tumbé en la bañera. El agua me llamaba desde lo más hondo. Laura me invitaba a escapar de todo. Esperé al sueño.…
Ayer me dieron de alta en el hospital y esta mañana he vuelto al trabajo. Papeles que se acumulan sobre la mesa, el teléfono incesante y la secretaria de turno cacareándome sin parar. Abro el cajón y miro la foto: Laura y yo: la vida y yo. Y entonces lo entiendo. Salgo de la oficina sin dar ninguna explicación, tiro mi teléfono móvil en el primer contenedor que encuentro a mi paso; me dirijo a la estación, excitado, valiente: tengo una cita con la vida en el Hotel Amor.
Marian Jiménez Marín
Jaen
domingo, 17 de mayo de 2009
1er Concurso de Relatos Hotel Villava: La Señora Chong
A continuación presentamos a la La Señora Chong,
Agradecer a Ibán Manzano Prieto su participación!
Disfruten con la lectura.
Era justo aquella habitación. No demasiado distinta del resto, con apenas un par de diferencias: el desconchado al lado del enchufe del teléfono, la mano de pintura caída tras la mesilla, el armario roído por los bajos. Además del número de la habitación levemente ladeado, como una sugerente invitación a entrar. El 9 dado la vuelta, una inversión peligrosa. Algunas cosas habían cambiado, por supuesto, aunque sólo le llamó la atención una, aquel almizcle de humedad y lavanda (lo primero antes de acomodarse era siempre el pulverizador) había desaparecido. No en vano habían pasado más 12 años desde que ella se marchara, aunque tuvo una certeza, no le debía haber sido fácil al tiempo, ni tampoco a las limpiadoras, arrebatarle aquel aroma a la habitación.
Nadie entendía por los alrededores lo que podía llevar a una mujer como aquella a regresar cada año, pero acabaron por dejar de preguntárselo. La Señora Chong formaba parte ya de la fauna local, una nota de exotismo que por abril llegaba en el tren desde muy lejano para inaugurar la primavera. De ella se contaban muchas cosas, que era de Shangai, que su marido murió en la guerra, que en su país cosía para la aristocracia, que de pena había empezado a recorrer Europa, que con uñas y dientes se había aferrado al negocio marital, que en la posguerra las pasó canutas, pero que las revueltas populares fueron peores, que había empezado un nuevo mercado de la seda por allí, que era como un fantasma y que había encontrado en ese lado del mundo un motivo para seguir trabajando y, al menos, 2 o 3 protectores que la mantenían a gastos completos. Ella nunca dijo nada. Aparecía cada año en el umbral del hotel, acompañada por dos jóvenes aprendices que dormían en la habitación contigua y que no podían rivalizar con su severa belleza, curtida por los años y las penas. Siempre enguantada en algún traje de fantasía, con su moño rígidamente dispuesto, el maquillaje blanco, excesivo para el gusto autóctono, y 24 horas después de que sus maletas, llenas de motivos orientales y forradas con seda, la anunciaran.
Yo fui siempre ajeno a su revolución. Demasiado pequeño como para apreciar su serena perfección, tan sólo sus ojos negros, inclementes, lograban provocarme. Desde los 9 años fui el encargado de subirle temporada tras temporada el equipaje. También de desempaquetarlo. No había nada parecido a aquellas telas por allí, dudo incluso que lo haya hoy. Colocaba con esmero en los armarios las gasas vaporosas, los vestidos sedosos, la lencería de encaje, las batas afraneladas. Era un carrusel de colores, una noria del tacto. Pasar la mano por sus superficies era pura sinestesia, como acariciar sentimientos. Confeccionaba sus trajes a mano, aunque más bien era el corazón lo que se dejaba en cada costura.
A los 13 años, mi opinión sobre ella cambió radicalmente. Mi madre le pidió un favor. Sabía que sus trajes estaban fuera de nuestro alcance, que no merecíamos tanto, pero mi hermana, a punto de entrar a la mayoría de edad, asistiría a la fiesta y no sabía si era posible conseguir uno acorde a nuestras necesidades. La Señora Chong no sólo se negó a confeccionar un vestido de peor calidad, sino que se comprometió a cosernos uno en exclusiva. Es más, nos lo regalaría. Mi madre no dejó de agradecérselo. Cada día, a primera hora de la tarde, me enviaba a preguntarle a la Señora Chong si necesitaba algo, a ofrecerle un par de dulces. Aquellas pausas debían interrumpirla en su trabajo, pero nunca se quejó, incluso me saludaba con esa dura sonrisa suya que hacía largo tiempo ya que había dejado de ser alegre.
Cuando mi hermana cumplió los 18, mi madre preparó varias tartas, algunas para los huéspedes. A la comida de aquel día, cosas rara, sólo asistieron las dos aprendices de la Señora Chong. Mi madre me mandó subir a su habitación para ofrecerle un poco de pastel. Llegué antes de la hora habitual. Esta vez la puerta estaba entreabierta. Nat King Cole escapaba desde el fondo, Y así pasan los días, y yo desesperado... La radio se confundía con un ruido brumoso, esquivo, indescifrable para mí. Llamé. Nadie contestó. Volví a llamar. Nada de nuevo. Empecé a retirarme, pero aquel ruido impreciso me hechizó. Abrí la puerta.
La habitación estaba en penumbras, con las persianas bajadas, apenas un poco de luz escapando por un resquicio. Era un lugar totalmente distinto a lo que yo conocía: el aire espeso, las maletas arrojadas a un rincón, la ropa revuelta por la cama totalmente deshecha y un aroma más contaminado que cargado. Sobre el fondo, completamente desnuda, sentada en una silla, la Señora Chong lloraba, silueteada sobre el fondo. Me volví asustado. Empecé a correr, pero fui demasiado torpe, tropecé con una maleta. Sus ojos se sobresaltaron. Me descubrió al lado de la cama. Apagó el cigarrillo que tenía entre las manos y avanzó hacía mí. Noté que me costaba respirar.
-No te asustes- me dijo con aquella rara cadencia con la que pronunciaba el español.
Se paró tan cerca que su respiración me golpeaba. Desde allí apreciaba sus ojos vidriosos, pero también algo que no esperaba: su piel estaba repleta de cicatrices, surcándola en todas las direcciones.
-Nunca has visto a una mujer desnuda, ¿verdad? –colocó mi mano con suavidad sobre su mejilla. Notó mi sobresalto –Tampoco a una mujer llorando.
Noté que temblaba, pero ella sujetó mi mano con firmeza. Y empezó a pasarla por su cuerpo. No había nada carnal en ello, tan sólo dejó que la reconociera, que la sintiera. Cuando se detuvo, añadió:
-Las mujeres lloramos, ¿lo sabías? Lloramos mucho, a veces demasiado –liberó mi mano- Por eso se cosen vestidos, vestidos tan bonitos para que nadie se fije jamás en lo tristes que estamos.
Aquella última frase se fundió con un nuevo llanto, tan inesperado que me asustó. Nuevamente corrí, sólo que esta vez sí alcancé a salir de la habitación. No volví la vista atrás, lo último que recuerdo fue como se mezclaba el Y así pasan los días… con su quejumbroso sonido.
Nunca más vi a la Señora Chong. A la mañana siguiente recogió y se marchó por sorpresa, siempre flanqueada por sus dos ayudantes. No se la volvió a ver por allí. Se habló mucho sobre su paradero. Hay quién creía haberla visto en algún lugar cercano o quién afirmaba que había regresado a su patria. Por mi parte, da igual todo lo que cuente, hoy, 12 años después, todavía me persigue su franqueza, incluso me cuesta comprender el alcance de su revelación, pese a su inequívoca claridad. Al menos ahora sé que por más que desnude a una mujer jamás podré llegar a conocer la verdadera razón que oculta su tristeza.
Agradecer a Ibán Manzano Prieto su participación!
Disfruten con la lectura.
Era justo aquella habitación. No demasiado distinta del resto, con apenas un par de diferencias: el desconchado al lado del enchufe del teléfono, la mano de pintura caída tras la mesilla, el armario roído por los bajos. Además del número de la habitación levemente ladeado, como una sugerente invitación a entrar. El 9 dado la vuelta, una inversión peligrosa. Algunas cosas habían cambiado, por supuesto, aunque sólo le llamó la atención una, aquel almizcle de humedad y lavanda (lo primero antes de acomodarse era siempre el pulverizador) había desaparecido. No en vano habían pasado más 12 años desde que ella se marchara, aunque tuvo una certeza, no le debía haber sido fácil al tiempo, ni tampoco a las limpiadoras, arrebatarle aquel aroma a la habitación.
Nadie entendía por los alrededores lo que podía llevar a una mujer como aquella a regresar cada año, pero acabaron por dejar de preguntárselo. La Señora Chong formaba parte ya de la fauna local, una nota de exotismo que por abril llegaba en el tren desde muy lejano para inaugurar la primavera. De ella se contaban muchas cosas, que era de Shangai, que su marido murió en la guerra, que en su país cosía para la aristocracia, que de pena había empezado a recorrer Europa, que con uñas y dientes se había aferrado al negocio marital, que en la posguerra las pasó canutas, pero que las revueltas populares fueron peores, que había empezado un nuevo mercado de la seda por allí, que era como un fantasma y que había encontrado en ese lado del mundo un motivo para seguir trabajando y, al menos, 2 o 3 protectores que la mantenían a gastos completos. Ella nunca dijo nada. Aparecía cada año en el umbral del hotel, acompañada por dos jóvenes aprendices que dormían en la habitación contigua y que no podían rivalizar con su severa belleza, curtida por los años y las penas. Siempre enguantada en algún traje de fantasía, con su moño rígidamente dispuesto, el maquillaje blanco, excesivo para el gusto autóctono, y 24 horas después de que sus maletas, llenas de motivos orientales y forradas con seda, la anunciaran.
Yo fui siempre ajeno a su revolución. Demasiado pequeño como para apreciar su serena perfección, tan sólo sus ojos negros, inclementes, lograban provocarme. Desde los 9 años fui el encargado de subirle temporada tras temporada el equipaje. También de desempaquetarlo. No había nada parecido a aquellas telas por allí, dudo incluso que lo haya hoy. Colocaba con esmero en los armarios las gasas vaporosas, los vestidos sedosos, la lencería de encaje, las batas afraneladas. Era un carrusel de colores, una noria del tacto. Pasar la mano por sus superficies era pura sinestesia, como acariciar sentimientos. Confeccionaba sus trajes a mano, aunque más bien era el corazón lo que se dejaba en cada costura.
A los 13 años, mi opinión sobre ella cambió radicalmente. Mi madre le pidió un favor. Sabía que sus trajes estaban fuera de nuestro alcance, que no merecíamos tanto, pero mi hermana, a punto de entrar a la mayoría de edad, asistiría a la fiesta y no sabía si era posible conseguir uno acorde a nuestras necesidades. La Señora Chong no sólo se negó a confeccionar un vestido de peor calidad, sino que se comprometió a cosernos uno en exclusiva. Es más, nos lo regalaría. Mi madre no dejó de agradecérselo. Cada día, a primera hora de la tarde, me enviaba a preguntarle a la Señora Chong si necesitaba algo, a ofrecerle un par de dulces. Aquellas pausas debían interrumpirla en su trabajo, pero nunca se quejó, incluso me saludaba con esa dura sonrisa suya que hacía largo tiempo ya que había dejado de ser alegre.
Cuando mi hermana cumplió los 18, mi madre preparó varias tartas, algunas para los huéspedes. A la comida de aquel día, cosas rara, sólo asistieron las dos aprendices de la Señora Chong. Mi madre me mandó subir a su habitación para ofrecerle un poco de pastel. Llegué antes de la hora habitual. Esta vez la puerta estaba entreabierta. Nat King Cole escapaba desde el fondo, Y así pasan los días, y yo desesperado... La radio se confundía con un ruido brumoso, esquivo, indescifrable para mí. Llamé. Nadie contestó. Volví a llamar. Nada de nuevo. Empecé a retirarme, pero aquel ruido impreciso me hechizó. Abrí la puerta.
La habitación estaba en penumbras, con las persianas bajadas, apenas un poco de luz escapando por un resquicio. Era un lugar totalmente distinto a lo que yo conocía: el aire espeso, las maletas arrojadas a un rincón, la ropa revuelta por la cama totalmente deshecha y un aroma más contaminado que cargado. Sobre el fondo, completamente desnuda, sentada en una silla, la Señora Chong lloraba, silueteada sobre el fondo. Me volví asustado. Empecé a correr, pero fui demasiado torpe, tropecé con una maleta. Sus ojos se sobresaltaron. Me descubrió al lado de la cama. Apagó el cigarrillo que tenía entre las manos y avanzó hacía mí. Noté que me costaba respirar.
-No te asustes- me dijo con aquella rara cadencia con la que pronunciaba el español.
Se paró tan cerca que su respiración me golpeaba. Desde allí apreciaba sus ojos vidriosos, pero también algo que no esperaba: su piel estaba repleta de cicatrices, surcándola en todas las direcciones.
-Nunca has visto a una mujer desnuda, ¿verdad? –colocó mi mano con suavidad sobre su mejilla. Notó mi sobresalto –Tampoco a una mujer llorando.
Noté que temblaba, pero ella sujetó mi mano con firmeza. Y empezó a pasarla por su cuerpo. No había nada carnal en ello, tan sólo dejó que la reconociera, que la sintiera. Cuando se detuvo, añadió:
-Las mujeres lloramos, ¿lo sabías? Lloramos mucho, a veces demasiado –liberó mi mano- Por eso se cosen vestidos, vestidos tan bonitos para que nadie se fije jamás en lo tristes que estamos.
Aquella última frase se fundió con un nuevo llanto, tan inesperado que me asustó. Nuevamente corrí, sólo que esta vez sí alcancé a salir de la habitación. No volví la vista atrás, lo último que recuerdo fue como se mezclaba el Y así pasan los días… con su quejumbroso sonido.
Nunca más vi a la Señora Chong. A la mañana siguiente recogió y se marchó por sorpresa, siempre flanqueada por sus dos ayudantes. No se la volvió a ver por allí. Se habló mucho sobre su paradero. Hay quién creía haberla visto en algún lugar cercano o quién afirmaba que había regresado a su patria. Por mi parte, da igual todo lo que cuente, hoy, 12 años después, todavía me persigue su franqueza, incluso me cuesta comprender el alcance de su revelación, pese a su inequívoca claridad. Al menos ahora sé que por más que desnude a una mujer jamás podré llegar a conocer la verdadera razón que oculta su tristeza.
miércoles, 6 de mayo de 2009
Concurso de relatos: El fantasma del hospedaje San Marcos
A continuación os mostramos un relato que nos gustó muchísimo, muy original! Enhorabuena!!!!!
El fantasma del hospedaje San Marcos
Un viajero de comercio, circulaba con su camioneta, rumbo al pueblito más cercano. Sin darse cuenta lo sorprende la noche, y desea encontrar un lugar donde alojarse. A lo lejos puede divisar una vieja casona iluminada, con un pequeño letrero en su fachada que dice “Hospedaje San Marcos”. Estaciona muy cerca de su entrada principal, ingresa y pregunta si tienen una habitación libre. Su propietario un simpático obeso de bigotes espesos, le responde que solamente queda una, bautizada “La Bataraza”. Antes de irse a su cuarto, come algo liviano, solicitando una botella de agua mineral, que llevará a la habitación. El cuarto es cómodo, muebles de estilo rústico, sábanas limpias y almidonadas, con un ramo de flores amarillas sobre su cómoda. Revisa sus apuntes del día, y apaga la luz.
Casi enseguida, escucha algunos ruidos sospechosos, prende la luz y nada. Han pasado algunos minutos cuanto escucha aleteos y cacareos de gallinas, dándole la sensación que estaban muy cerca. Vuelve a prender la luz, y todo aquello que parecía un verdadero infierno, había desaparecido, encontrándose toda la habitación en perfecto orden. Nuevamente apaga la luz, comenzando nuevamente la misma historia.
Se viste y va en busca del propietario. “Mire señor” le dice el viajero, “no se que pasa en mi habitación pero cuando apago la luz, escucho aleteos y cacareos de gallinas, y con ese ruido es imposible dormir”
El propietario del hospedaje se acomoda los bigotes, se soba las manos, y le dice –“Sabe lo que pasa amigo, que posiblemente tienen hambre, lleve un tarrito con granos de maíz, que se van a calmar”.
El viajero no podía creer lo que escuchaba, y le vuelve a repetir “Pero señor le digo que escucho ruidos, que al prender la luz desaparecen”
El señor obeso, le trae un tarrito con granos de maíz, se los entrega, retirándose nuevamente a dormir.
Tengo necesidad de descansar, pensaba el viajero, trataré de intentar lo que me dice este señor. Apaga la luz, y comienza el calvario. Ya con la luz prendida nuevamente, saca el tarrito de granos de maíz, que tenía bajo la cama, y lo deposita sobre la mesita de noche.
Sorpresa fue para el viajante, que al apagar la luz, no se oyeron más los ruidos molestos.-
El cansancio del viaje, más las sorpresas vividas, duerme toda la noche, sin despertar. A la mañana lo primero que hace es fijarse en el tarrito. No podía creer lo que veía. Ni un grano quedaba en el fondo.
Le comenta al propietario lo acontecido y le responde – “Mire amigo, ni Ud. escuchó gallinas, ni yo le di granos de maíz”.
Fue tan grande su angustia que decide pagar la cuenta, y continuar el viaje.
Cuando llega a la próxima estación de servicios, encuentra un compañero de viajes, y decide contarle lo sucedido. Su amigo lo escucha atentamente, para luego decirle: “Mira, yo también tuve una experiencia muy parecida a la tuya, con la diferencia que cuando apagaba la luz, cantaba un gallo”
Llamé a su propietario, un obeso de bigotes espesos, que me dijo: “Canta por que extraña a su pareja, la gallinita bataraza”. Saca del interior del mostrador una gallina, me la entrega, diciéndome que debo ubicarla sobre la mesita de noche. Realmente todo me parecía extraño, pero esa noche hice lo que me indicó. Sorpresa igual a la tuya, el gallo no cantó más, y al otro día la gallina no estaba en el cuarto.
El empleado de la estación escuchaba a estos dos amigos. “Perdón señores, Uds. estarán hablando del “Hospedaje San Marcos”. “Ese hospedaje fue famoso en la zona, pero hace varios años que está cerrado”. ¿Cómo que esta cerrado? preguntaron los viajeros. El empleado continúa: “Su dueño, era Don Juan, un obeso de bigotes espesos, que murió comiendo un pollo, y su familia lo sepultó en el patio de esa vivienda” “Desde esa fecha, permanece cerrado”.
Todo era demasiado fuerte para estos dos amigos, que deciden tomar un trago, en un pequeño barcito cruzando la carretera. Se sientan a una mesa, y escuchan una voz que les dice: “Que se van a servir señores”, se dan vuelta, y vaya sorpresa, ahí estaba Juan el obeso de los bigotes espesos.
A partir de ese día pensaron que: “No todo lo que vieran sería realidad, ni todo lo que le cuenten sería mentira”
****
Mario Santellan D'Andrea
Uruguay
El fantasma del hospedaje San Marcos
Un viajero de comercio, circulaba con su camioneta, rumbo al pueblito más cercano. Sin darse cuenta lo sorprende la noche, y desea encontrar un lugar donde alojarse. A lo lejos puede divisar una vieja casona iluminada, con un pequeño letrero en su fachada que dice “Hospedaje San Marcos”. Estaciona muy cerca de su entrada principal, ingresa y pregunta si tienen una habitación libre. Su propietario un simpático obeso de bigotes espesos, le responde que solamente queda una, bautizada “La Bataraza”. Antes de irse a su cuarto, come algo liviano, solicitando una botella de agua mineral, que llevará a la habitación. El cuarto es cómodo, muebles de estilo rústico, sábanas limpias y almidonadas, con un ramo de flores amarillas sobre su cómoda. Revisa sus apuntes del día, y apaga la luz.
Casi enseguida, escucha algunos ruidos sospechosos, prende la luz y nada. Han pasado algunos minutos cuanto escucha aleteos y cacareos de gallinas, dándole la sensación que estaban muy cerca. Vuelve a prender la luz, y todo aquello que parecía un verdadero infierno, había desaparecido, encontrándose toda la habitación en perfecto orden. Nuevamente apaga la luz, comenzando nuevamente la misma historia.
Se viste y va en busca del propietario. “Mire señor” le dice el viajero, “no se que pasa en mi habitación pero cuando apago la luz, escucho aleteos y cacareos de gallinas, y con ese ruido es imposible dormir”
El propietario del hospedaje se acomoda los bigotes, se soba las manos, y le dice –“Sabe lo que pasa amigo, que posiblemente tienen hambre, lleve un tarrito con granos de maíz, que se van a calmar”.
El viajero no podía creer lo que escuchaba, y le vuelve a repetir “Pero señor le digo que escucho ruidos, que al prender la luz desaparecen”
El señor obeso, le trae un tarrito con granos de maíz, se los entrega, retirándose nuevamente a dormir.
Tengo necesidad de descansar, pensaba el viajero, trataré de intentar lo que me dice este señor. Apaga la luz, y comienza el calvario. Ya con la luz prendida nuevamente, saca el tarrito de granos de maíz, que tenía bajo la cama, y lo deposita sobre la mesita de noche.
Sorpresa fue para el viajante, que al apagar la luz, no se oyeron más los ruidos molestos.-
El cansancio del viaje, más las sorpresas vividas, duerme toda la noche, sin despertar. A la mañana lo primero que hace es fijarse en el tarrito. No podía creer lo que veía. Ni un grano quedaba en el fondo.
Le comenta al propietario lo acontecido y le responde – “Mire amigo, ni Ud. escuchó gallinas, ni yo le di granos de maíz”.
Fue tan grande su angustia que decide pagar la cuenta, y continuar el viaje.
Cuando llega a la próxima estación de servicios, encuentra un compañero de viajes, y decide contarle lo sucedido. Su amigo lo escucha atentamente, para luego decirle: “Mira, yo también tuve una experiencia muy parecida a la tuya, con la diferencia que cuando apagaba la luz, cantaba un gallo”
Llamé a su propietario, un obeso de bigotes espesos, que me dijo: “Canta por que extraña a su pareja, la gallinita bataraza”. Saca del interior del mostrador una gallina, me la entrega, diciéndome que debo ubicarla sobre la mesita de noche. Realmente todo me parecía extraño, pero esa noche hice lo que me indicó. Sorpresa igual a la tuya, el gallo no cantó más, y al otro día la gallina no estaba en el cuarto.
El empleado de la estación escuchaba a estos dos amigos. “Perdón señores, Uds. estarán hablando del “Hospedaje San Marcos”. “Ese hospedaje fue famoso en la zona, pero hace varios años que está cerrado”. ¿Cómo que esta cerrado? preguntaron los viajeros. El empleado continúa: “Su dueño, era Don Juan, un obeso de bigotes espesos, que murió comiendo un pollo, y su familia lo sepultó en el patio de esa vivienda” “Desde esa fecha, permanece cerrado”.
Todo era demasiado fuerte para estos dos amigos, que deciden tomar un trago, en un pequeño barcito cruzando la carretera. Se sientan a una mesa, y escuchan una voz que les dice: “Que se van a servir señores”, se dan vuelta, y vaya sorpresa, ahí estaba Juan el obeso de los bigotes espesos.
A partir de ese día pensaron que: “No todo lo que vieran sería realidad, ni todo lo que le cuenten sería mentira”
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Mario Santellan D'Andrea
Uruguay
viernes, 1 de mayo de 2009
Campeonato de España Ajedrez
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